El otro partido: La emancipación de la pelota

Actualizado: 30 mar 2021

Por Adriana Espinosa


Afirmar que el feminismo ha existido siempre es incurrir en una falacia, pues este movimiento no ha estado vigente en todas las épocas. Sin embargo, desde hace décadas se ha presentado un fenómeno, tanto deportivo como social, que se asimila mucho a un paralelismo, esa figura que (en la retórica) implica una repetición. Así, el futbol, concretamente el femenino, ha nacido, evolucionado y colisionado con el feminismo a través del tiempo, trayendo consigo un fenómeno que tiene como consecuencia redefinir la imagen femenina.


La oligarquía del juego

Durante la época victoriana, el futbol sufrió un crecimiento que traspasó fronteras y clases sociales en Inglaterra. El que surgiera como un deporte exclusivo de las familias adineradas, se expandió hasta los sectores más pobres de Gran Bretaña. Después de la fundación de la Football Association (FA), que tenía como propósito agrupar en un solo reglamento las normas del deporte, el número de clubes inscritos se elevó drásticamente entre los años 1871 y 1888, celebrando en este último la primera liga de futbol. Tal crecimiento e interés por el balompié, obligó a la FA a profesionalizar el pasatiempo de los aristócratas, permitiendo a las clases obreras participar con ellos en un mismo escenario. Asimismo, la popularización del deporte, dio como resultado la creación de membresías que, lejos de los beneficios que ahora promocionan, se volvieron una manera efectiva de financiar a los equipos formados por trabajadores.


En la última década del siglo XIX aparecería una de las pioneras del futbol femenino, su nombre: Netty Honeyball. Entonces la formación de un equipo exigía una inversión económica considerable, por lo cual el British Ladies Football Club (BLFC) fundado por Honeyball, contó con el patrocinio de Lady Florence Dixie. Bajo la filosofía de que “las mujeres deben participar del deporte en corazón y alma”, la escritora originaria de Escocia estaba convencida de que las mujeres merecían involucrarse de manera activa en la sociedad, teniendo derecho a elegir su matrimonio, votar y practicar deportes libremente. De esa manera, el BLFC logró contabilizar casi 200 partidos entre 1895 y 1897; desafortunadamente, ciertas diferencias al interior del equipo hicieron que Lady Florence se retirara como inversionista, obligando al equipo a disolverse.


Este breve episodio de futbol femenino en Inglaterra, trajo consigo un cambio en el pensamiento colectivo, principalmente en cuatro aspectos. El primero de ellos fue la vestimenta, razón principal por la que el futbol era considerado un deporte para varones, pues la falda y el corsé no eran prendas que se pudieran utilizar para jugar. La sexualidad y feminidad también se vieron escandalizadas por la práctica del futbol por parte de mujeres. Los uniformes dejaban al descubierto gran parte de las piernas de las jugadoras, considerándolas exhibicionistas y contrarias al pudor y moral de aquella época. No obstante, el cuestionamiento más grande fue hacia la estructura de la sociedad. Una pregunta demasiado incómoda que, después de la Primera Guerra Mundial, durante la cual surgieron nuevos equipos de mujeres, llevó a la FA a prohibir el futbol femenino hasta la década de los 70s.


Partisanas del balón

Desde 1979, posterior a la Revolución Islámica, las mujeres fueron vetadas de las gradas en Irán. Sin embargo, ha sido ese sentido de pertenencia, de identidad, de amor por el balón, lo que ha llevado a las mujeres iraníes a no renunciar al juego. En un primer intento por volver a las canchas en 2015, se presentó una iniciativa para permitir el ingreso de las mujeres a los estadios. No obstante, la tensión que enfrentaba Occidente en plena negociación de armas nucleares, y ante la desaprobación de una mayoría integrada por hombres, el gobierno iraní decidió olvidarse del proyecto. Por supuesto, aquello no impidió que un año más tarde una aficionada al Persepolis FC se disfrazara de hombre para poder ingresar al estadio donde se disputaría el encuentro. Entonces la sociedad, siempre polarizada, no se hizo esperar para dar su opinión, y mientras una parte de la población reconocía el valor de Hanieh, otros tantos amenazaron incluso con arrebatarle la vida.


El estadio Azadí (donde Hanieh cumplió la promesa de ingresar) lleva un nombre de origen persa que se puede traducir como “libertad”, por lo que resulta casi un llamado a las aficionadas a no desistir del futbol, o al menos así lo dejaron ver las 35 mujeres que en 2018 fueron arrestadas por ingresar a dichas instalaciones. Una coincidencia para el mundo, pero un acto poético para el hincha, que conoce a la perfección la mística alrededor del estadio, ese césped donde se siembran emociones y la pelota envenenada invita a la fiesta del gol. De esa forma, el estadio Azadí se ha vuelto escenario de una lucha incansable, una que en 2019 obtuvo su primera victoria. Casi cuarenta años después, las mujeres volvieron a los estadios para presenciar un partido clasificatorio al Mundial de Qatar, país donde las mujeres caminan a la espalda de los hombres, su cuerpo está sujeto a las convenciones religiosas y donde la capacidad para decidir pertenece exclusivamente a la figura masculina. Algo que poco y nada le importa a la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) en tanto le sea remunerado.


El pueblo del futbol

Al tiempo que la FA establecía las reglas para jugar al futbol, los brasileños desafiaban la creatividad con la pelota. Durante el siglo XIX, el balompié llegó a las costas de Brasil, donde sería abrazado por la cultura y utilizado como un instrumento de control. Pese a no estar excluidas de los estadios, las brasileñas se limitaban a permanecer en las gradas. Sin embargo, el rol de las mujeres, lejos de ser el de aficionadas, consistía en presentarse como un atractivo para los hombres que asistían a los estadios. No fue hasta la década de 1940 cuando comenzaron a fundarse los primeros equipos de futbol femenino en tierra carioca. El número limitado de equipos, que se estima fueron alrededor de diez en total, obtuvieron una buena aprobación por parte de la sociedad. Por supuesto, así como en nuestros días, la prensa era incapaz de evitar sexualizar y minimizar el futbol practicado por mujeres. Mientras las narraciones de la época eran escritas en inglés y portugués para mayor difusión, al hablar de mujeres en el deporte se utilizaba el francés por ser un idioma más delicado, acorde a los estándares femeninos de la época.


Los escasos equipos conformados por mujeres desaparecerían al llegar la prohibición del género femenino, no solo en el futbol, sino en todos los deportes. Bajo el argumento de proteger la facultad de las mujeres para procrear, se infundió en el pueblo brasileño la idea de que éstas pertenecían exclusivamente a la crianza de los hijos y al cuidado de la casa. Aquella represión, aunada a la discriminación racial, estaría arraigada en la sociedad durante casi tres décadas. La idiosincrasia brasileña irremediablemente se forjaría alrededor del futbol, siendo la Selección Nacional el símbolo más grande de patriotismo. De esta manera, las mujeres no solo eran excluidas de un deporte, sino de su propia nación. No fue hasta principios de la década de los 80 cuando, al formarse grupos feministas en contra de la dictadura, las mujeres decidieron emprender la lucha, logrando abolir la ley que les prohibía participar del deporte, de su país. Desde los primeros partidos de 70 minutos hasta el campeonato creado en 2013, las futbolistas han roto paradigmas y esquemas sociales, reconstruyendo el rol de mujer.


Por esto, el futbol femenino desde su concepción es resultado, entre otras cosas, del feminismo activista, que debe entenderse como el sector feminista que emprende una serie de acciones para alcanzar una idea, en este caso, la de la práctica del deporte como un derecho. Como parte de la modernización las diferencias se han redefinido, y el futbol es una de ellas. En él, pese a haber conquistado la inclusión de la mujer, persiste un prejuicio forjado en el machismo, uno que evita la plena aceptación del género femenino en el juego. No obstante, la cancha se ha vuelto el lugar perfecto para que los valores y esquemas de la sociedad se redefinan, trayendo consigo la reconstrucción de lo femenino, y de la mujer en sí misma.


Es a partir del futbol femenil que las mujeres han logrado emanciparse, entendiendo la emancipación como la oposición o desafío hacía las estructuras de poder. Ha sido a través del balón que las mujeres han reedificado su posición, su participación y su imagen. Hoy en día vemos proyectos, programas y clubes que, teniendo el deporte como eje principal, buscan combatir las desventajas sociales, económicas, e incluso culturales. Algo que se refleja en las palabras de Mónica Santino, cofundadora de La Nuestra en Argentina, quien dice: “el fútbol es un camino posible de libertad”. Al igual que el feminismo, que se basa en lo colectivo y crece de manera horizontal (por concebir a todas en un plano de igualdad), el futbol femenino se puede entender como un acto de solidaridad, donde se comparte más que el amor por un deporte. Se comparte el deseo de traspasar fronteras, de construir una identidad separada de los estándares convencionales, de difundir otra clase de discursos, pero sobre todo, se comparte una rebeldía, al driblar rivales, al driblar sistemas.


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