Detrás del balón: El milagro del gol

Por: Adriana C. Espinosa


A principios de los dos mil, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) invitó a la comunidad del balompié a votar por el mejor gol del siglo XX. No solo los argentinos, sino el planeta entero, se rindió una vez más ante la figura más controvertida que ha dado este deporte. Casi de manera unánime, aquel gol de 1986 firmado por Diego Armando Maradona fue bautizado como “El Gol del Siglo”. Irremediablemente, se trata de una conducción de balón extraordinaria, con los ingleses como víctimas y el mundo como testigo. Un gol con el que se perdían las Malvinas, pero se ganaba la gloria eterna. Porque sí, un gol es más que una redonda entre la redes: es el grito fraternal entre gente desconocida, es la alegría de un pueblo casi vencido, es la tragedia que atraviesa la historia de una nación.


Diosas del Olimpo

A partir de 1991, cuando se hiciera oficial la primera Copa del Mundo Femenina, el futbol femenil incrementó su popularidad alrededor del planeta, llevando al Comité Olímpico a incluir esta rama del deporte en los Juegos Olímpicos de 1996. La decisión, no obstante, resultó precipitada, sin clasificación ni preparación de ningún tipo. Los ocho mejores equipos del último Mundial (1995) fueron seleccionados para el torneo, salvo Inglaterra por consideración del propio Comité. Una vacante que permitió a Brasil participar en sus primeros Juegos Olímpicos, alcanzando la semifinal contra China. La Verde-amarela había dejado una mala sensación tras una actuación poco convincente en el Mundial de Suecia, lo que derivó en una reconstrucción del equipo para los JJ.OO en Atlanta. Con cambios en el banquillo y la cancha, Brasil rindió una actuación admirable, a la que solo Noruega (considerado uno de los mejores equipos europeos en aquella época) pudo robar la oportunidad de colgarse una presea en el partido por el tercer lugar.


Del otro lado de la clasificación, China se convirtió en el único equipo asiático en avanzar a la fase final del torneo, incluso la Selección de Japón en la rama varonil fue eliminada con anterioridad. Las asiáticas no perdieron ningún partido hasta aquella final histórica, e incluso, en un primer enfrentamiento contra las estadounidenses en fase de grupos, el cuadro chino empató a ceros contra las locales. MacMillan fue la encargada de marcar el primer gol en una final de Juego Olímpicos, dando una ventaja momentánea a Estados Unidos. Antes de finalizar la primera mitad, Sun Wen empataría el marcador, llenando de ilusión a todo un país. Dos potencias que año tras año se miden en el medallero y que, en aquella ocasión, solo un gol pudo definir a la mejor. Justo cuando las 76,489 almas en el Stanford Stadium comenzaba a divisar la tanda de penales, Milbrett anotó el segundo gol para EE.UU, consiguiendo la primera de cinco medallas de oro que hoy en día presume el conjunto de las barras y las estrellas.


El canto de la esperanza

El gol de Homare Sawa al minuto 104’ en la final contra Estados Unidos de la Copa Mundial de Alemania 2011, es uno de esos instantes que resulta de una larga serie de eventos. Una historia que inicia en 1989 con la creación de la Liga Japonesa de Futbol, por la que solo unas cuantas personas tenían interés, estimándose una cifra no mayor a cien aficionados en sus partidos. El futbol femenil carecía de popularidad y relevancia en la “Nación del Sol Naciente” hasta que, en 2004, un partido clasificatorio a los Juegos Olímpicos cambió la manera de mirar al futbol femenil en Japón. La Selección Japonesa se medía frente a Corea del Norte, que entre 1977 y 1983 secuestró a diecisiete japoneses según la cifra oficial, dando al encuentro un tinte político. De ahí que el triunfo de tres por cero sobre Corea del Norte haya representado un hito para el futbol femenil en Japón. Apodadas como “Nadeshiko”, que significa flor delicada y valiosa, las seleccionadas japonesas se volvieron un estandarte de orgullo para el país.


Desafortunadamente, el terremoto de 2011 que derivó en múltiples tsunamis con más de 147 mil afectados, puso en jaque la participación de Japón en el Mundial de Alemania ese mismo año. El Banco Central de Japón destinó la mayoría de sus recursos a la recuperación del país ocupando diversos fondos, incluyendo los destinados al deporte. En medio de un dilema ético y nacional, la Selección de Japón optó por participar en la justa mundialista, buscando alegrar a un pueblo herido por la catástrofe. Sin ser el peor de los equipos, los triunfos contra Alemania y Suecia (cuartos y semifinal respectivamente), sorprendieron a la afición, aunque lo verdaderamente inesperado estaba por ocurrir. Tras un empate en tiempo regular, y con desventaja de un gol en los tiempos extra, el gol de Homare Sawa no solo prolongó el partido hasta los penales, sino también llevó a Japón a conseguir su primera y única Copa del Mundo. Así, quien fuera considerada la mejor futbolista de 2011, marcó un gol para resucitar la esperanza de un país, que condujo a la alegría y llanto de los miles de seguidores que, bajo el cielo de la madrugada, celebraban un nuevo comienzo.


Homare Sawa en la Copa Mundial de 2011

A su regreso, la Selección de Japón fue recibida por una multitud de aficionadas, aficionados y periodistas. Una verdadera alegría había renacido en el país que, meses atrás, parecía destruido en su totalidad. Japón se convirtió entonces no solo en un símbolo de solidaridad, resiliencia y fortaleza, sino de gratitud y respeto pues, al término de cada partido, las futbolistas mostraban una manta en la que se podía leer: “To our friends around the world, thank you for your support (A nuestros amigos y amigas alrededor del mundo, gracias por su apoyo)”. Un mensaje que, aunado a la admiración mostrada hacia las jugadoras estadounidenses, demostró los valores de un equipo, de una nación. Por supuesto, la figura de Homare Sawa también fue, y será siempre, una de las más importantes para el futbol femenino, para el deporte en general. Su sacrificio en la cancha, su voz incansable, su determinación por alcanzar cada balón, fueron fundamentales para hacer creer a un grupo de futbolistas, a un pueblo, al mundo, que no existe adversidad capaz de derrumbar al espíritu humano.


La alegría efímera

Contrario a la historia reciente, la Selección Femenil de Tailandia fue uno de los equipos más importantes en Asia durante las décadas de los setenta y ochenta. Es verdad que, en aquel entonces el futbol femenil no era tan popular como en nuestros días, y mucho menos con una inversión como la de ciertas ligas y clubes actualmente. Sin embargo, es precisamente esa falta de apoyo y crecimiento lo que hace que los títulos de esta Selección sean tan importantes. En un torneo donde compiten escuadras como Corea del Norte, China y Japón, dos finales, un tercer lugar y un campeonato de la Copa Asiática Femenina corresponden a la valentía y determinación de las futbolistas. Una escuadra que perdió la carrera a nivel mundial cuando potencias como Estados Unidos, Alemania o Suecia, comenzaron a apostar por el futbol femenil de manera seria. De ahí la deuda histórica con su futbol pues, en ocho Mundiales, Tailandia solo se ha podido clasificar a los dos últimos.



La Selección de Tailandia se presentó en el Mundial de Francia 2019 con una escuadra plagada de jugadoras locales, compitiendo posiblemente en uno de los grupos más difíciles. Dos selecciones catalogadas como las mejores del planeta y una generación chilena de grandes promesas serían las adversarias de las tailandesas. El debut fue devastador, desde el minuto uno hasta el añadido, EEUU no dejó de acechar el área rival, convirtiendo trece tantos en total. El panorama resultaba poco alentador, sobre todo teniendo a Suecia como próximo rival. Quienes terminarían terceras en la competición, marcaron aquella tarde cinco goles a la escuadra tailandesa que, no obstante, celebraría su cuarto gol en Mundiales. Ahí estaba Kanjana, capitana de 32 años para descontar el único tanto a favor de Tailandia en el Mundial pero, sobre todo, ahí estaba ella para hacer valer el esfuerzo de toda una nación. Las lágrimas del cuerpo técnico fueron inevitables al pensar en la entrega y compromiso de un equipo que juega para un país, para una afición, que grande o pequeña, es lo que le da sentido a este deporte.


No existe nada más grande que un gol, que habla de una colectividad, de su cultura, de su lucha, de su valor. No importa la cantidad, cada que un balón logra atravesar la línea de cal, incrustarse en el ángulo o romper las redes, son más de once los que celebran o se lamentan. Hay goles que resultan de la perseverancia, como el de Alexia Putellas en el Camp Nou. Otros que valen sueños, como los de Jessica Sigsworth para seguir engrandeciendo la historia de un club. Algunos como los de Bernal que, aún con el templo vacío, marcan el inicio de una nueva era. Cada vez menos frecuentes, como apunta Galeano, pero quizá también cada día más importantes, llevando en el grito eufórico una historia más grande que el diámetro de los 21 centímetros reglamentarios.


31 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo